La muerte no toca a la puerta, los seguros sí

El fin de semana recibiste una llamada donde te avisaron que tu mejor amigo del trabajo murió. Era muy joven y dejó dos hijos pequeños. Juan, de tres años y Andrea, de apenas un año. Te llamó su esposa porque sabía que era tu mejor amigo.

Por la noche se quedó dormido y en la mañana ya no despertó. El doctor dijo que sufrió un infarto mientras dormía. Ella está muy triste, llevaba casada con él siete años, pero lo conocía desde la preparatoria. Tú sabías que ella era el amor de su vida. La razón por la que te llama es para, además de avisarte, preguntarte si puedes ayudarla con algo de dinero para enfrentar los últimos gastos del sepelio.

Te sientes muy extraño porque, además de la enorme tristeza que te causó la noticia, no puedes creer que no tengan dinero para eso. El lunes llegaste a la oficina y decidiste reunirte con varios amigos para realizar una cooperación para ayudar a la esposa de tu amigo. De 15 compañeros con los que platicaste, sólo cinco decidieron apoyar con 500 pesos cada quien. Todo eso siguió causando estragos en tu ánimo. Esperabas que pudieran aportar dos mil pesos cada uno para que pudieras ayudar a la familia de tu amigo con 30 mil pesos para los últimos gastos.

No puedes evitar sentir una enorme tristeza porque, en lugar de una ayuda voluntaria de parte de todos, le vas a llevar lo que sientes que es una limosna de parte de cada uno de quienes aportaron. Al salir de tu trabajo vas directo a la casa de tu amigo fallecido. Su esposa te recibe con una cara de gran tristeza. Está deshecha. Te dice que tuvo que pedir prestado para pagar todo lo del funeral y que en total fueron 65 mil pesos. No sabe ahora cómo los va a pagar.

Quieres decirle que no se preocupe por eso, pero sabes que dos mil 500 pesos le parecerán lo que habías sospechado: una limosna. La cual, además, está muy lejos de sacarla del problema inicial que es pagar los últimos gastos. Aún así decides decirle lo que hiciste y hacerle entrega del dinero.

Ella los recibe con mucho agradecimiento. Te dice que de algo le servirán. Lo que en realidad le preocupa, te dice, es cómo hará para seguir manteniendo a sus hijos. Su esposo, además de no dejarles dinero disponible, les dejó algunas deudas importantes. De regreso a tu casa no puedes dejar de pensar en tu amigo y su familia. Apenas el viernes pasado, él te platicaba lo mucho que amaba a su familia.

Se sentía feliz con su esposa y además, desde que había nacido su hija Andrea, él estaba más inspirado para trabajar y darles todo lo mejor a la familia. Te había platicado que estaba un poco preocupado por unas deudas de dinero que tenía. Había pedido prestado un millón de pesos para dar el enganche de su casa y no había podido pagarlos.

Unos amigos se lo habían prestado y hacía ya tres años que no se los pudo pagar. No sabía qué hacer porque su sueldo no le alcanzaba para enfrentar todos sus gastos a pesar de que su sueldo no era bajo. Llegas a tu casa y piensas en tu familia y tu situación particular. Es un poco similar a la de tu amigo.

Tienes algunas deudas y enfrentas una hipoteca a 15 años. Igual que él, no tienes nada ahorrado y ¿si el próximo fin de semana fueras tú el que falleciera dormido? Tu esposa no tendría de qué echar mano. Te queda claro que en la oficina todo el apoyo de tus compañeros de trabajo no sería suficiente para ayudarle a tu familia ni para pagar el funeral.

Empiezas a creer que las personas en realidad son muy poco solidarias. La verdad es que, como ves, cada una enfrenta sus propios problemas. Creo que es momento de contratar ese seguro de vida en el que tanto ha insistido ese agente de seguros, quien te llama y no le abres la puerta. Nos vemos pronto. Cuídate mucho.

Publicado en Capital de México el 19 de agosto de 2014.

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